Muchos creen que la inmensa mayoría de los nuevos trastos tecnológicos que aparecen no sirven para nada. Que eso del internet no es más que un nido de pederastas, phising, gafapastas y enemigos de la propiedad intectual. Pero la realidad es que la red de redes (qué arcaico suena el término ya...) está haciendo que cambien cosas como los períodicos, las aerolíneas, la manera de vender música, la publicidad, o los candidatos de eurovisión.
¿Y qué aporta eso a mi vida? se preguntarán los webescépticos. Pues puede que no mucho. Igual que no aportaba mucho el telégrafo al que no tenía nada urgente que decir, o el
LHC al que se dedica a hacer roscones de reyes. Pero las aplicaciones prácticas de la web, haberlas haylas, y esta mañana he disfrutado de una de las más maravillosas. El teletrabajo.

Doce pisos debajo de donde me encontraba(que era en mi casa) había un señor de Ono peleandose con mi línea de teléfono para ponerme el ADSL. (en media hora y ya había dicho tres "qué cosa más rara" y dos "no puede ser") A él, como tiene que andar enchufando y desenchufando, le hace falta que yo estuviera en casa. Y a mí, como tengo que pagar la casa, me hacía falta trabajar. ¿qué mejor que fusionar ambas necesidades y trabajar desde casa?
Pues así se ha hecho, y mientras esperaba que llegase el benefactor que obraría el milagro y conseguiría que mi PC volviera a la vida (y en breve mi wii), yo leía los correos laborales a través del trasto 3G de la empresa, con una tostada en la mano y un café humeante a pocos centímetros.
¡Que viva el teletrabajo! Lo de tener tu sitio a 10 segundos de tu cama en lugar de a una hora de tren es algo por lo que habría que luchar.
Ahora que también os digo, se echaría de menos a los compis...